Ayer estuve viendo la serie basada totalmente en un caso real, titulada “The Sixth Commandment” (El Sexto Mandamiento) ¡Qué impresionante! Cómo hay gente capaz de detectar los “huecos del alma” o esos puntos vulnerables donde están las carencias emocionales más profundas: la soledad, los miedos, las inseguridades, los complejos, los deseos reprimidos, las tristezas calladas, las carencias afectivas…y luego, hay personas que llegan a presentarse como un “milagro” que va a llenar esos vacíos. Me sorprendió mucho como las víctimas -personas mayores todas- antes de morir, decían sentirse llenos de culpa y vergüenza (shame and pain) por haber caído en el engaño, en la manipulación y finalmente en la trampa que les costó la vida.
¡Tiene tantos ángulos esta serie! ¡Porque las víctimas se sentían culpables de haber caído en el juego por su propia voluntad! Esa es la principal característica del abuso en todas sus formas. La víctima siente haberlo “permitido”. El abuso siempre se ancla en la vulnerabilidad de la víctima, en sus puntos más frágiles. La víctima termina autoflagelándose, sintiéndose culpable y avergonzada de haberse traicionado a sí misma.
El caso me recuerda ese verso del poeta Manuel José Othón que termina diciendo: “¿Y qué quedó de tanto y tanto deliquio? En ti, ni la moral dolencia, ni el dejo impuro, ni el sabor del llanto…Y en mí: ¡Qué hondo y tremendo cataclismo, qué sombra y qué pavor en la consciencia y que horrible disgusto de mí mismo!”
Dicen algunos psicólogos que la culpa es por lo que hacemos y la vergüenza estriba en lo que somos y también en lo que permitimos. La fe, que escapa a toda lógica, puede resultar engañosa inclinándonos a ver “milagros” en las fauces del demonio; de ese demonio que se vale de mil disfraces incluyendo el disfraz de “milagro”.
¿Qué lección nos deja esta historia?… Nos deja la necesidad de ver, reconocer y trabajar en nuestros propios puntos vulnerables, en nuestras debilidades, en nuestros vicios ocultos, en nuestras heridas aun abiertas y escondidas… Pero también en nuestros sueños guajiros y no cumplidos, en nuestros anhelos e ilusiones pueriles, en nuestras fantasías que suelen apartarnos de la realidad y en esas esperanzas siempre fallidas y tardías que se niegan a aceptar su caducidad.
Dice la Biblia que “Hay un tiempo para todo”… Y con esto quiero concluir que valoro enormemente todo aquello que nos permite seguir adelante en la vida hasta el final. En eso incluyo por supuesto, a los sueños, la fe, la esperanza e incluso el ferviente deseo de amar. Sin embargo, creo que la resignación es importante, y que a veces debemos dejar ir algunas ilusiones que corresponden más a otras etapas de la vida, cuando nuestras necesidades eran otras…. de otro modo, todos esos sueños, toda esa fe y esperanza, todos esos
anhelos, no son más que fantasías.

A FIN DE CUENTAS
Es sin duda un acto de gloriosa humildad, aceptarnos con nuestras fallas, defectos, imperfecciones, y demás vulnerabilidades humanas… es un acto de tremenda valentía conocernos y reconocernos como almas frágiles… Y es muestra de gran heroísmo trabajar en ello y ajustar nuestros sueños, esperanzas, deseos y anhelos en congruencia con nuestra realidad.
Para que verdaderamente ocurran milagros en nuestras vidas, primero debemos reparar los agujeros que tenemos en el alma por donde se cuelan los demonios, propios y ajenos.