No me había tocado ver de tan cerca, a alguien perder la razón, volverse loca. Desde su infancia cargaba con heridas que maquillaba con la máscara de la soberbia, pero nunca imaginé que la máscara iba a carcomer lo que escondía… Primero perdió a su familia, luego a su pareja, después el trabajo, la casa y hasta a su mascota. En el proceso, iban llegando los “paliativos” y sus excesos, los litros de coca cola, el clonazepam, las cajetillas de cigarros, la comida chatarra… Llegó la falta de dinero, la ausencia de ingresos… comenzaron a cortar los servicios, primero a veces la luz, el gas o el agua. Interveníamos las amigas, como se podía en la medida de las posibilidades. Nada era suficiente, la mente enfermando cada vez más empezaba a devorarle el alma o lo que quedaba de ella entre las fauces de la angustia y la ansiedad. La soledad se volvía cáustica, no había horarios para esas llamadas de auxilio, a veces absurdas, implorando por ser escuchada o suplicando por dos cajetillas de Pall Mall a las cuatro de la mañana. Los horarios desaparecieron, a falta de rutina, de estructura y de obligaciones, daba igual qué horas fueran, o qué día era.
El ego peleaba con esa inevitable caída en la ineludible humildad que empezaba a tener cara de miseria… pero se resistía… seguía soñando con sus épocas de gloria, como cuando todo parecía estar bien. No sabía estar triste, ni en duelo por lo perdido. En lugar de eso peleaba, agredía, insultaba, se enfurecía… y todo se ponía peor. Llegó al punto de mentir tanto para conseguir las benzodiacepinas… el clonazepam, el Rivotril o lo que fuera que sirviera. No bebía alcohol (afortunadamente). El deterioro iba en caída libre, en una espiral descendente imposible de parar.
Así las cosas… terminó en la ignominia. Su perrito, único compañero fiel e incondicional, tuvo que ser dado en adopción. La separación fue fatal, fue el “golpe de gracia” o de “desgracia”… la locura se instaló. Ese perrito era el único que quedaba y que ella sentía que la quería, así, quebrada… como estuviera. Los refrescos de cola, azucarados, a los que era adicta, le deterioraron la dentadura completa, la desnutrición la había mermado gravemente, la falta de ánimo se tradujo en ausencia de aseo personal, el exceso de nicotina y tabaco le acabó la condición física. Tenía en la tez un color gris verdoso…el color de la depresión se parece al color del cáncer… pero en su caso, era el
lúgubre color de la depresión profunda, del desencanto por la vida, de la ausencia de esperanza, de la soledad más absoluta y el sin quehacer sin sentido.

A FIN DE
CUENTAS
Nunca vi a alguien tan cerca volverse loco, ser tan difícil de apoyar o de ayudar… fue como si una avalancha existencial se le viniera encima… sin pareja, sin familia, sin trabajo, sin casa, sin dinero, sin futuro a la vista. Nunca vi con tanta claridad lo importante que es cuidar lo que damos por hecho pero que sostiene el sentido de nuestra existencia… lo más sencillo, lo más elemental, lo más esencial… lo demás es adorno. Ella está ahora en un asilo, o en una clínica… no sé… Esta ahí donde alguien quizás le ayude y ella no estorbe… donde no se pueda meter en problemas, ni perjudicar a nadie. Donde por su condición ya no pueda hacerle daño a nadie más ni a sí misma.… La cordura, la salud mental, depende de lo más elemental: de nuestra red de soporte, de nuestro modo de vivir, de la gente cercana, del trabajo diario, del propósito de la vida… Mi amiga ya no es la misma, enloqueció. La que fue ya no es.. su mente se fracturó y su alma se deshizo. Dios nos libre de subestimar lo esencial…¡Dios nos libre de perder la cordura!