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Amor, emoción, arte, talento y lágrimas… ¡muchas lágrimas!

22 de agosto de 2025 por Beatriz Flores

Aunque pasen los días los momentos se atesoran, sobre todo, cuando remueven las fibras más sensibles y sientes tan bonito que parece que el corazón se saldrá de tu pecho, pero son las lágrimas las que brotan hacia el exterior, no por tristeza, sino en señal de orgullo, de felicidad.

Al día de hoy, el repasar las imágenes, tanto mentales como las de mi dispositivo es imposible que no me enternezcan, y que el viaje de regreso al mes de junio me conmueva en gran medida, pues recordar a mis retoños dándolo todo sobre el escenario, conjugando emoción, aprendizajes, felicidad, y claro, por supuesto nervios, ¡muchos nervios! no solo me pone contenta, también muy orgullosa.

Después de tres años, llegó el momento de decir adiós, y así el 24 de junio, se realizó la graduación de la Décima Generación de Escuelas de Iniciación Artísticas Asociadas al INBAL, ¡al INBAL! o sea, al Instituto Nacional de Bellas Artes, de la Casa de la Cultura de Reynosa.

Cada que le platicaba a alguien sobre lo que estudiaban mis hijos me sentía ancha, ancha, porque para los que no saben, es un programa nacional y escolarizado que busca iniciar a los niños en las diferentes Bellas Artes, dividido en seis semestres y que cuenta con una malla curricular de materias acordes a las especialidades.
Y fue así que hace tres años, mis chamaquitos se inscribieron, dos en Música y otro en Artes Plásticas y Visuales.

Pues el día de la graduación finalmente llegó, y ya sabía que la lágrima iba a estar al por mayor, y si, exactamente así fue.

Ahora no sirvió de nada tanto apretar y tratar de controlarse, y además, el programa super emotivo fue el perfecto detonador para chillar al por mayor cuando vi a la más pequeña hablar sobre sus pinturas y esculturas expuestas; cuando vi a los otros dos retoños cantar, y tocar el xilófono, el piano; y a los tres mostrando sus dotes actorales en una obra de teatro. ¡Mis hijos estaban triunfando! Cautivando con su arte junto a sus compañeros, a todos los que estábamos en el auditorio: padres, hermanos, tíos, amigos; todos éramos testigos lo de que estos niños, a su corta edad eran capaces de lograr.

¿Han visto los videos que se viralizan en redes donde los niños durante sus presentaciones artísticas buscan a sus padres con la mirada y se ponen tristes porque no los ven, y cómo sonríen cuando los encuentran? ¡es totalmente cierto! Los niños adquieren una seguridad impresionante cuando saben que tú, como padre, como su principal apoyo, estás ahí, y con todo el corazón te muestran lo que han logrado, te sorprenden con su talento, te cautivan con su sensibilidad y te atrapan con lo que crean.

¿Y yo?, pues lloraba a mares, claro, con la minúscula y falsa protección que te da usar lentes y estar detrás del celular grabando todo lo que sucede (acepto que cuando recién empecé a usarlos creía que nadie se daba hacia donde veía, pues los únicos que había usado eran los lentes de sol, ¡tan sonsa yo!, ya después me cayó el veinte de que mi mirada no pasaba desapercibida).

Después se proyectó un video realizado con fotografías que capturaron sus pasos en estos tres años: cada festival, cierre de semestre, procesos creativos, ensayos, convivencia, y se destacó la participación de una de mis retoños y algunos de sus compañeros en un concurso de piano, y claro que no cabía en mi asiento con el orgullo.

El cierre llegó con la entrega de diplomas a los graduados, y con ello las emociones encontradas de que, sería la última vez que se anunciaran sus nombres.

El evento concluyó y llegaron las fotografías del recuerdo con sus compañeritos, maestros y sus familiares, y yo me sentí la más especial del mundo cuando me felicitaban por la participación de mis hijos y su gran talento.

Mamá los llenó de besos y abrazos (afortunadamente aún no llegan a la edad de los remilgos y penas por las muestras de afecto en público), les dije que lo habían hecho excelentemente bien, que estaba muy orgullosa de ellos, que eran muy talentosos y que eran unos artistas.

Para mis adentros, todo esto se resume a una sola frase: ¡que hijos tan chingones tengo!, ¡los más chingones! Así lo demuestran las jornadas de clases y ensayos después de la escuela, en periodos de proyectos, de evaluaciones, de examen de escolta, en tiempo de frío y lluvia, en un contexto de una ciudad insegura, comiendo a la carrera para llegar a tiempo, sobreponiéndose a la pena de pararse, a veces en solitario, sobre un escenario, corrigiendo errores y aprendiendo; todo esto, siendo unos niños. Así que sí, la admiración también va de padres a hijos, y yo los admiro muchísimo.

Muchos creen que los niños sufren haciendo esto, o por lo menos que los míos lo hacían, pues no faltaron los comentarios de pena infundada, “pobreteándolos” por su agenda, pero su espera ansiosa para ir a sus clases artísticas, sus pláticas sobre el trabajo con los maestros y su emoción los días de presentación demuestran que, aún con el esfuerzo y compromiso que significaba, amaban y disfrutaban lo que estaban haciendo.

Han pasado meses, y al día de hoy, repasando esos momentos, otra vez me conmuevo y casi, casi, llega la chilladera de nuevo, ¡y es que, si ustedes pudieran ver lo que yo vi y hurgar dentro de mi corazón, lo entenderían totalmente.

Ver a tus hijos crear, construir, proyectar y brillar es insuperable; que tu sensibilidad no sea motivo de vergüenza, y si tus lágrimas por el orgullo de ver triunfar a tus hijos son imposibles de evitar, déjalas que salgan, porque son la genuina respuesta de tu corazón ante tan bella emoción.

Categoría: Columnas

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