
Corrió directo hacia mí, se me echó encima, embravecido, y me despedazó. Si no fuera porque esto solo ocurrió en mi mente, hoy no podría estar escribiendo estas líneas. Nunca estuve expuesta al ataque de ese corpulento bóxer, pero solo el hecho de haberlo escuchado ladrar en el patio junto a la oficina del Centro de Adiestramiento Canino en la que me encontraba, bastó para que un ataque de pánico y llanto se apoderara de mí. Recuerdo que di la espalda a la puerta, para protegerme, y me abracé al respaldo de la silla, desconsolada. Los tres hombres sentados frente a mí dejaron que todo el dolor que llevaba a cuestas aflorara; me permitieron vaciarme, sin juzgarme, sin reprenderme, sin miedo a mi vulnerabilidad ni a la suya propia. Poco a poco logré calmarme. Aunque llevaba alrededor de una hora conversando con los terapeutas del Centrao sobre mi problema, la terapia empezó en verdad justo ahí, cuando la evidencia fue irrefutable: tenía fobia a los perros. Había ido a buscar ayuda para Manolo, mi shitzu de cinco años, pero quien en realidad necesitaba la ayuda era yo. No es que no lo supiera, llevaba años intentado superar este problema, pero no sabía a quién recurrir y César Millán, el Encantador de Perros, estaba muy lejos (de mi realidad, de mi ciudad y presupuesto). Tres horas me escucharon estos tres maravillosos desconocidos (hoy, amigos) y los días subsecuentes, Enrique, el director del Centro, siguió escuchándome y sacudiéndome, para expulsar de mí todo aquello que me causaba daño. Me recomendó tomar asesoría psicológica y, por su parte, él y su equipo, me ayudarían con Manolo. Y así ha sido desde entonces.
La ayuda de Dios llega siempre y de muchas y curiosas maneras. A mí me llegó cuando, primero, descubrí en esta revista la misma columna de la que ahora soy partícipe. Segundo, cuando fui buscando la ayuda y se me brindó y tercero, cuando conocí a Lobo. Todos los días llevo a Manolo a recibir su terapia, al principio casi ni podía acercarme a la reja de entrada por miedo a los perros que se encontraban sueltos por ahí, pero un día un enorme perro se me acercó moviendo su esponjosa y blanca cola; tenía ojos de diferentes colores, uno de uan azul casi transparente y el otro ámbar, y parecían decirme “Ven a jugar conmigo”. Sentí una conexión increíble con él. Metí la mano por la reja y dejé que me lamiera; él me dejó acariciarlo. Me fui muy contenta de ahí. A los pocos días regresé buscándolo, deseaba volver a verlo. Entonces Enrique me animó a pasar a la oficina a hacer terapia con Lobo. Lo dudé unos instantes. Tomé aire y le dije que sí. Fue hermoso. Laura y Alma, otras integrantes del equipo, se sentaron junto a mí para darme confianza. Lobo entró, no sentí miedo, quizás solo emoción dentro de mi pecho, y alegría, mucha alegría. Lobo se dejó acariciar, una sensación de libertad y ligereza me embargó. No podía creerlo: ahí estaba yo jugando con un perro de apariencia lobuna. Y entonces lo abracé y él me abrazó también, no con sus patas, sino con su alma, que al final es la misma alma que compartimos todos los seres sintientes de este planeta, todos los seres creados por el mismo Dios de Amor. Sé que aún tengo un camino por recorrer, y Manolo también, pero vamos en el rumbo de dar propósito a esta experiencia. No te sorprendas si algún día nos encuentras como parte del equipo de K9-Rey ayudando a otros a superar sus miedos, o tan solo a hacerlos sonreír, que, en este mundo de caos y tristezas, ya es mucho.

