
Por Sofia Tijerina.
En los últimos años, las redes sociales se han convertido en un espacio donde el cine se analiza con mucho más detalle que antes. Entre las críticas que más se repiten hay dos que apuntan a estar conectadas. La primera es que cada vez son menos los grandes actores y actrices dispuestos a verse viejos, despeinados, cansados o simplemente imperfectos en pantalla, mientras que la segunda, como consecuencia de esto, es la percepción de que el casting y el diseño de vestuario han perdido parte de la fuerza que antes tenían para crear la ilusión de nuevos mundos y personajes irreales.
Cuando la prioridad es que la estrella siga viéndose como una estrella, el personaje pierde coherencia e identidad visual. Lo que lleva a la creación de términos como “iPhone Face”, la cual según una recopilación de opiniones en Reddit, termina siendo un fenómeno en el que la imagen del actor o actriz pesa mucho más que el personaje al que le da vida, ya sea por tendencias estéticas o procedimientos cosméticos.
Ahora, sumándole al auge del romance y el drama histórico que hemos visto en los últimos años (con producciones como Bridgerton (2020), Nosferatu (2024) y Cumbres borrascosas (2026)), la conversación se ha hecho todavía más evidente. Recrear otra época exige que cada elemento visual sea convincente, y cuando alguno falla, la ilusión desaparece.

El caso más reciente lo protagoniza Netflix, con la tercera entrega de Enola Holmes (2026), que a pesar de estar ambientada en la Inglaterra victoriana del siglo XIX, dejó una gran conversación en redes que no giró en torno a la historia, sino a lo contemporánea que luce su protagonista, Millie Bobby Brown. Peinados demasiado pulidos, maquillaje tipo “clean girl” y sobre todo, lo que más causó revuelo, uñas de gel adelantadas a su época, fueron los elementos que alimentaron la noción del problema de priorizar que la actriz siga viéndose reconocible antes que completamente integrada en la época. El resultado no es necesariamente un mal vestuario, sino uno que no logra hacerte olvidar quién está detrás del personaje.
Otro caso interesante es Euphoria (2019). Aunque no sea una producción de época, demuestra cómo la construcción visual de un personaje puede cambiar por completo la forma en la que percibimos a un actor.
Por un lado está Rue, una adolescente en constante recuperación de una adicción interpretada por Zendaya, que, a pesar de ser una de las actrices más reconocidas de su generación y una figura constante dentro de la moda, en la serie resulta fácil su desaparición dentro del personaje. Su maquillaje constantemente desgastado, el vestuario descuidado, el cansancio en su expresión y, sobre todo, su disposición a mostrarse vulnerable y actuar escenas incómodas donde su imagen no es atractiva ni placentera, permiten que el personaje exista por encima de la celebridad.

Pero la última temporada de la serie también mostró el caso contrario. Uno de los personajes secundarios cuenta la historia de que proviene de un entorno rural, creciendo aislada de la tecnología y de las tendencias actuales, pero visualmente su rostro no cuenta la misma historia, pareciendo alguien salida de una historia de Instagram con “iPhone Face”. Su imagen nunca termina de pertenecer al mundo que la serie intenta construir. Y aunque pueda parecer un detalle menor, es precisamente ahí donde el diseño de vestuario pierde su función vital, hacer una historia creíble.
La conversación deja de ser solo sobre ropa. En los últimos años también ha surgido la idea de que la industria prioriza cada vez más la popularidad sobre el talento. La actriz Daniela Luque, parte del elenco de Nadie Nos Va a Extrañar (2024), expresó recientemente su frustración ante la dificultad de conseguir oportunidades dentro de la escena actoral cuando no se cuenta con una gran cantidad de seguidores en redes sociales. Según relató, ha sido removida de al menos tres proyectos por su bajo número de seguidores e incluso ha recurrido a herramientas como la verificación de Instagram para hacerse más visible. su experiencia, ha puesto sobre la mesa una pregunta incómoda ¿qué tanto pesa una audiencia digital frente a una buena interpretación?
Con esto, no es justo responsabilizar únicamente a los actores. El cine también ha evolucionado a películas compitiendo por clips virales, estrategias de marketing llamativas y ruedas de prensa que den de qué hablar. En este contexto, mantener una imagen reconocible también se convierte en una decisión comercial.
Y es aquí donde ambas críticas terminan conectándose. Si las producciones continúan apostando por “star talents”, cuya imagen pública no puede alterarse ya sea por contrato o tenacidad del mismo, el trabajo del departamento de diseño de vestuario empieza a tener límites. Donde, se vuelve mucho más difícil construir personajes memorables cuando existe la condición implícita de que el actor debe seguir viéndose impecable, reconocible y listo para la siguiente campaña publicitaria.
Creando una realidad en la que el vestuario deja de diseñarse alrededor del personaje y empieza a diseñarse alrededor de la celebridad.
Por lo tanto, no podemos evitar preguntarnos, si el problema es que el departamento de vestuario tiene cada vez menos libertad para transformar, a quienes visten o si las producciones se han dejado llevar en tendencias para presentar contenido estéticamente pulido, con el propósito de conectar con sus audiencias en redes sociales.
En fin, el mejor diseño de vestuario no es el que hace lucir bien a una estrella, sino el que consigue que, por un momento, olvidemos que estamos viendo a una.

Referencias:
https://www.buzzfeed.com/ellendurney/millie-bobby-brown-enola-holmes-3-nails-backlash

