Con 68 años de matrimonio, Teté y Yorgo cada año se reúnen en el Wathaburger para recordar aquel día que se conocieron. Aseguran que fue amor a primera vista, amor a la griega, de esas historias de las de antes.
Fotos: Víctor Briones
Tantos siglos, tantos mundos, tanto espacio y coincidir… Nunca una canción se adecuó de tal manera a una historia de amor como en la de Teté y Yorgo, a quienes Cupido los flechó hace más de 70 años.
Pero para hablar de este romance, primero hay que recordar a sus padres.
Por azares del destino, Juan Orfanos y Kristala Aracklas tuvieron que abandonar su natal Grecia. Junto a sus cinco hijos se dirigieron a McAllen, Texas, para establecerse, sin embargo, por problemas con la documentación tuvieron que permanecer en México, mientras se arreglaba el papeleo.
Fue de esta manera que llegaron a esta ciudad de la frontera con Jorge, “Yorgo”, como llaman de cariño al menor de sus hijos, quien contaba entonces con seis meses de edad.
Pasaron más de 20 años cuando se arregló finalmente su problema, para ese entonces los hermanos Orfanos ya tenían una vida en esta ciudad con un próspero negocio, un restaurante llamado “Meca Café”, el punto de encuentro de la sociedad reynosense de los años 40, estratégicamente ubicado en la plaza principal, donde los jóvenes tenían la costumbre de pasear por las tardes.
En el año 1946 otra pareja, Rafael García Terán y Josefina Martínez de García, tomó la decisión de mudarse de Ciudad Victoria a Reynosa, un buen lugar para emprender una nueva vida, además de que su hija mayor, Esther, ejercía como maestra en el Colegio Tamaulipas. Así fue como la familia se estableció en estas tierras.
INICIA SU HISTORIA
Yorgo trabajaba diariamente en el restaurante junto a sus hermanos, lo que le permitía conocer personas y hacer nuevas amistades. Una tarde observó a una amiga pasear junto a una joven muy bonita, por lo que no perdió el tiempo y se acercó para conocer a esa chica que no había visto antes.
Esther, “Teté” como le dicen de cariño, fue invitada por su hermana y unas amigas a pasear en la plaza, ya que los jueves por las tardes los jóvenes se reunían para platicar, con la condición de quedarse sólo hasta las 10:00 de la noche, por el estricto permiso que les daban sus padres.
“Mira, ahí viene Yorgo”, gritó su amiga; ella en su desconocimiento volteó buscando a un perro pequeño. Sorprendida frente a ella apareció un apuesto joven que le sonreía y le daba la mano para saludarla amablemente.
“Fue así que nos conocimos”, relató Teté, quien en ese momento por los nervios pronunció pocas palabras.
En aquellos años los jóvenes acudían al rancho La Laguna en días de campo, un lugar donde está actualmente el Parque Cultural Reynosa.
Ahí fue como Teté y Yorgo se encontraron de nuevo, apenas se habían visto pocas veces, sin embargo, fue ese día cuando las cosas cambiaron, al menos para Yorgo, quien considera que desde ese momento ya tenía novia: su corazón no dejaba de latir por la emoción del encuentro.
Meses después, él insistía en tomarla de la mano, pero ella no lo consideraba correcto, ya que estaba criada en una buena familia y no le había pedido ser su novia. No había una relación formal, sólo eran amigos, aunque Yorgo insistía que sí lo eran. Situación un tanto confusa.
“Yo tenía 18 años y antes de esa edad no me dejaban tener novio, así que fue el primero en saberlo”, comentó Teté.
A partir de ese momento si ella paseaba por la plaza, Yorgo sin demora la tomaba del brazo, una costumbre de aquella época.
“Ella era una muchacha muy bonita, por eso yo fui rápido”, recordó sonriendo Yorgo.
Fueron poco más de cuatro años de noviazgo con algunos momentos divertidos pero con sus reservas, ya que no podían mostrarse su afecto, porque la sociedad no lo permitía; en público sólo un beso en la mejilla, o tomarse de la mano en los paseos por la plaza principal.
LA BODA
En aquel momento, luego de más de cuatro años de novios, el joven decidió que era tiempo de sentar cabeza, por lo que le pidió seriamente que fuera su esposa y que jurarían su amor en el altar hasta que la muerte los separara.
Cinco de octubre de 1950. Esa fue la fecha que fijaron para casarse en la Parroquia de Nuestra Señora de Guadalupe.
El día por fin llegó y ocurrió la anécdota más divertida de sus 68 años de matrimonio, la cual Teté todavía no olvida.
Un día antes Yorgo, quien vivía en casa de Simón González en Reynosa, recibió la invitación de éste para acompañarlo a Matamoros a cobrar un dinero. A diferencia de su familia, Yorgo había tomado la decisión de no vivir en Estados Unidos.
“No puedo don Simón, discúlpeme, mañana me caso muy tempranito”, le dijo el joven de ojos azules y ascendencia griega.
Don Simón le aseguró que no se tardarían en el viaje, sería de ida y vuelta, pues le urgía el dinero y no quería ir solo.
En Matamoros, después de cobrar, el deudor los invitó a una cantina muy popular en aquellos años.
“Se puso muy bueno el ambiente y salimos de ahí hasta las 3:00 de la mañana“, comentó entre risas el novio.
A las 8:00 de la mañana, José de Jesús Robinson, el famoso clavadista reynosense que vivía con ellos, y sobrino de don Simón, despertó a Yorgo.
¿Qué no te ibas a casar hoy?”, le preguntó.
Sin responderle se levantó como si le cayera un balde de agua fría. De inmediato se alistó y corriendo se puso el traje negro de gala.
Cuando llegó los familiares de Teté estaban molestos, pues pensaban que no llegaría y que dejaría “plantada” a la novia.
La más preocupada por eso era la mamá, quien un día antes no durmió con tal de que todo saliera perfecto.
Teté recordó que a las 5:00 de la mañana la levantaron y que sola se maquilló pues en aquel tiempo se estilaba que las bodas fueran muy temprano. Además no se usaba un maquillaje cargado sino muy básico: un poco de crema facial, un poco de polvo, rubor y labial. Eso era todo.
El novio simplemente no llegó a tiempo, pero a las 8:30 horas ya estaban firmando las actas de matrimonio. Después de la ceremonia civil Yorgo les comentó su “aventura” en Matamoros, explicando con detalles las razones de su retraso.
La boda religiosa se realizó en la parroquia de Nuestra Señora de Guadalupe a las 9:00 horas, una pequeña recepción se efectuó en un lugar ubicado enseguida del casino “El Montecarlo”, en donde estaba “La Cucaracha”.
“El lugar tenía capacidad para más de mil gentes, pero nosotros éramos muy poquitos”, afirmó Yorgo.
Recordó que las bodas no eran como lo son ahora.
“Todo era muy sencillo. En el banquete se servía un almuerzo, café y en la fiesta en ocasiones se bailaba, pero no era obligatorio”. agregó.
En aquellos años tampoco había muchas casas de novia, sólo la que tenía doña Panchita Pliego, quien vendía los vestidos ya hechos, pero si no les gustaban estaba doña Nachita Tijerina que los confeccionaba a la medida.
“Yo mandé hacer mi ajuar de novia con un mes de anticipación, para que estuviera a tiempo”, indicó Teté.
TODA UNA VIDA
El matrimonio inició como la mayoría, con una inolvidable luna de miel. Teté y Yorgo disfrutaron de sus primeros diez días de casados en la Ciudad de México y Acapulco. “Fueron unos días muy bellos, tengo muy buenos recuerdos”, evocó Teté.
Pasaron dos años para que su primer hijo llegara y el 2 de enero de 1952 nació Jorge.
“Yo me volvía loca por lo feliz que estaba con mi niño, toda la familia me lo robaba. Era un muy bonito”, reconoció.
Todas las tardes antes de que su esposo volviera del trabajo, ella salía a caminar por la calle Hidalgo, para “presumir” a su bebé de quien se sentía muy orgullosa.
Cinco años después tuvieron a su segunda hija, Marylú, y como buena mamá seguía saliendo por las tardes con sus críos.
Finalmente llegó Atanasi, tres años después y decidieron que ya eran suficientes.
Yorgo y Teté abrieron el “San Carlos”, un restaurante ubicado en la plaza principal de Reynosa, en aquellos años se hizo muy popular, era el lugar preferido de los jóvenes los fines de semana. Muchas mamás daban permiso a sus hijas de acudir aquí, con la seguridad de que se trataba de un lugar con ambiente familiar.
Al mismo tiempo Yorgo trabajó en la concesionaria Chevrolet y una constructora, pues quería darles lo mejor a su esposa y sus hijos.
Juntos tuvieron la oportunidad de viajar en varias ocasiones, a Alaska, Europa y el Mediterráneo. Sin embargo, Yorgo no ha tenido la oportunidad de conocer la isla Kastellórizo, lugar que lo vio nacer, porque cuando visitaron Grecia no había acceso.
Teté tuvo la oportunidad de pertenecer a varios clubes sociales de la ciudad, como la Mesa Redonda Panamericana en donde fue presidenta.
Ambos coinciden en estar felices y orgullosos, porque hace unos días cumplieron 68 años de matrimonio. Decidieron celebrarlo con una misa y hasta los feligreses presentes les aplaudieron de pie por lograr esta cantidad de años juntos.
Un detalle sencillo pero especial es que en cada aniversario de bodas acuden a comer una hamburguesa de Whataburger.
Como ella tiene 91 años y él 93, los médicos les recomiendan evitar las grasas, pero ellos siguen manteniendo esta tradición cada 5 de octubre.
“El amor y el respeto siempre serán las bases de un buen matrimonio, el día que uno de estos dos ya no estén, no tienes nada”, comentó Teté.
Nadie dijo que tener un buen matrimonio sea algo sencillo, es una tarea de dos.
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/Alejandra Arellano
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