La satisfacción que deja la sonrisa de un niño abandonado, sin un hogar ni una familia, es la mayor recompensa de los grupos que forman parte de las misiones de ayuda. Como miembro del movimiento Regnum Christi, Sabrina Ochoa Medellín habla de su experiencia y su interés para que cada vez se sumen más voluntarios a esta causa altruista.
Fotos: Víctor Briones / Cortesía
La empatía para Sabrina Ochoa Medellín ha sido uno de los valores que desde pequeña fomentaron en ella sus padres, Patricia y Juan Francisco Ochoa. Como familia pertenecen a Regnum Christi, un movimiento eclesial internacional católico que busca la instauración del Reino de Cristo en los corazones y en la sociedad.
Después de participar en actividades altruistas en el Valle de Texas y en México, sintió la necesidad de organizar una misión para viajar hacia Haití, donde ya había estado. No fue fácil y nunca desistió en su interés de involucrar a otras personas para ayudar a quienes más lo necesitan.
A su regreso de aquel país caribeño, comparte la experiencia que vivió, pues su afán es que la gente haga conciencia de la importancia de voltear los ojos hacia los demás, aquellos que por las circunstancias, incluso carecen de un hogar, comida, abrigo y hasta de una familia.
En este viaje conoció a Nadesh, una niña de 13 años que le cambió la vida.
RUMBO A HAITÍ
En diciembre del 2017 con un grupo de jóvenes viajó con destino a Haití, como parte de las misiones de Regnum Christi, donde permanecieron durante diez días.
De McAllen partieron el 11 de diciembre hacia Puerto Príncipe, de donde se dirigieron a Les Cayes, en la punta de Haití, un trayecto que les tomó un día para llegar por lo sinuoso del camino de terracería.
Se albergaron en la Casa de la Congregación de Hermanas de la Caridad de la Madre Teresa de Calcuta, un sitio que contribuye con el cuidado de niños discapacitados, enfermos, desnutridos y desamparados; pequeños con la necesidad de un abrazo y una mano amiga.
Algunos tienen padres pero debido a las carencias económicas no pueden hacerse cargo de ellos así que aquí se les han abierto las puertas para recibir atención.
Así que el grupo de misioneros asistió a las hermanas para cuidarlos. Asistían a misa, alimentaban y …
“Hay una sección de 40 niños, hombres y mujeres, con todo tipo de discapacidades. Razón por la que es de suma importancia que cada misión tenga un médico, ya que las necesidades son muchas y muy poca la ayuda, reconoció.
De entre los pequeños, Sabrina detectó a una niña que no había desayunado, triste y que sólo observaba comer a los demás, se trataba de Nadesh.
Le preguntó a la doctora, la consagrada Mariajosé Almeida, quien le respondió que tenía dificultad para comer por un problema en la lengua y mandíbula que le impedía pasar los alimentos, además de que su cabeza no la mantenía firme y caía hacia atrás.
Le explicó que como consecuencia de una fiebre le provocó un serio problema en el cerebro. Nadesh sí podía comer, pero necesitaba un cuidado y trato especial.
Comentó Sabrina que en Haití no alimentan a las personas por sonda, por lo que era necesario habilitar alguna forma para proveerla de alimentos, y de mucha paciencia; tarea que le fue encomendada.
Empezó con dos horas diarias de terapia, repartidas en la mañana y por la tarde. Consistía en masajes en la boca, el paladar, la mandíbula, el cuello, las manos y los pies. Le colocaba a la niña un poco de cajeta en los labios para que hiciera el intento de sacar la lengua y lamer.
“Llegó el momento en que Nadesh me odiaba, me veía y empezaba a llorar”, comentó Sabrina.
Recordó que el tercer día del tratamiento la niña rompió en llanto desde que la vio, lo que irritó a Sabrina aunque entendía lo difícil que le resultaba a la pequeña. De pronto Sabrina escuchó que hacía un sonido con la lengua lo que la llenó de alegría y junto con la doctora consideraron que era la oportunidad para que intentara comer. Nadesh, sin mucho esfuerzo, logró alimentarse.
“Me sentí tan orgullosa de ella y me emocioné por haber hecho una diferencia en la vida de alguien, fue un momento muy gratificante”, manifestó.
UN CAMINO DE SERVICIO
Desde muy pequeñas Sabrina y sus hermanas María José y Regina recibieron una educación cristiana, fomentándoles valores morales, tales como la honestidad, el respeto, la gratitud, la lealtad, la solidaridad y la generosidad. Y sobre estas bases, ayudar al prójimo era parte de sus principios.
En su momento apoyaron a la Casa del Migrante en Mission, Texas. En familia donaban alimentos o cualquier cosa que hiciera falta, además de invertir su tiempo.
Se trasladaban a San Antonio a las parroquias locales para ser parte de las actividades altruistas.
Como parte del movimiento Regnum Christi decidió unirse a las misiones. A la edad de 13 años partió hacia Cancún, muy lejos de la zona turística, donde se asientan indígenas mayas.
Para ella fue una sorpresa, pues nunca se imaginó que en la actualidad y muy cerca de un lugar tan próspero vivieran personas en tanta pobreza, olvidadas, en áreas rurales apartadas de la civilización.
En esta ocasión tuvo la oportunidad de convivir y ayudar a la comunidad en la construcción de viviendas, conocer sus usos y costumbres, además de aprender de su cultura.
Como detalle recuerda que a una recién nacida le llamaron “Peépem Guadalupe” que significa mariposa y el segundo nombre en honor a la virgen.
Al año siguiente en compañía de su mamá partieron hacia Haití, justo después del terremoto que devastó al país en 2010.
El desastre que ocasionó y los cientos de muertos que dejó las impactó. Su tarea fue cuidar de diez pequeños que habían quedado huérfanos como consecuencia de este desastre natural.
Para Sabrina esta experiencia le indicó el camino que tenía que seguir y en un viaje a Francia, en el pueblo de Lourdes, al sur de este país, tuvo la oportunidad de asistir a personas de la tercera edad.
Explicó que hay un alto índice de adultos mayores en sillas de ruedas, por lo que transportarlos a misa y a su casa es de gran ayuda.
Las misiones continuaron y en la llamada Tierra Santa con un grupo de jóvenes se integraron a la casa de las Hermanas de la Caridad de Jerusalén para ofrecer sus servicios.
Explicó que la población está dividida entre judíos, cristianos, además de musulmanes que son la mayoría en el lugar donde se albergó.
“Ellos rechazan a las personas con discapacidad, motivo por el cual hay muchos niños abandonados”, aclaró.
LA OPORTUNIDAD DE AYUDAR
Para ser parte de una misión es requisito fundamental contar con el apoyo de un sacerdote y después obtener el permiso por parte del Movimiento Regnum Christi. Sin embargo, conseguir a los voluntarios que formen parte de ésta es lo que resulta más complicado.
“Desafortunadamente hay jóvenes interesados en ser parte de la misión, pero por cuestiones de escuela y tiempo se les complica”, reconoció Sabrina.
Aprovechó este espacio para invitar a todas las personas y en un acto de empatía extender su mano a los desprotegidos.
“Es una forma de introspección, conocerte a ti mismo, a Dios”, aseguró.
Se lamentó que sea tan poca gente la que se une a esta causa.
No es necesario, aclaró, que se trasladen a otros países, las buenas obras pueden llevarse a cabo en la misma ciudad donde viven, en la congregación a la que asisten y en su misma colonia o calle.
“Siempre hay una persona que necesita ayuda, no necesariamente dinero, sólo un poco de cariño”, aseguró.
Reconoció que las misiones temporales no acaban con los problemas pero sí son un aliento y consuelo para aquellos que no han sido tan afortunados, y para los que de manera permanente ofrecen su tiempo.
“He sabido de profesionistas que después de asistir a una misión se sienten tan satisfechos, tan llenos de paz que dejan su trabajo para convertirse en voluntarios”, refirió.
EL FUTURO
La universidad es el siguiente paso para Sabrina, pero aún no ha decidió cuál es su mejor opción.
Le llama la atención que de manera inconsciente se inclina por las de tipo católico, pues su interés es estudiar en un ambiente sano.
Además, para ella es muy importante continuar con el servicio comunitario, una actividad que forma parte de sus programas.
La universidad de Georgetown en Washington, D.C. programa misiones de ayuda y a través de reformas políticas pueden hacer la diferencia.
Su interés por estudiar ciencias políticas está ligado a la necesidad de implementar proyectos que de manera integral resuelvan la problemática de los pueblos marginados.
“Siento que es un llamado, que es mi misión, y tienen un lugar especial en mi corazón”, consideró Sabrina.
Durante el verano pasado tuvo la oportunidad de trabajar como interna en el Congreso de Washington.
Platicó que no le resultó complicado ya que los 450 congresistas siempre están solicitando internos, jóvenes que hablen más de un idioma, con facilidad de palabra y conozcan la historia de Estados Unidos.
Colaboró con el congresista de Texas, Henry Cuéllar, a quien admira y respeta, con el que se identificó por ser de Mission.
En su viaje a Haití Sabrina prometió a las Hermanas de la Caridad que cuando incursione en la política buscará la manera de que la situación cambie. Será la mejor forma de agradecerle a la vida.
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