Artemio Guerra: acero, amor y óleo

Hablar de Artemio Guerra Garza es hablar de una de las figuras más importantes del arte en Reynosa. Pintor, muralista y escultor, su obra ha formado parte de la identidad visual de la ciudad durante décadas, dejando huella en espacios públicos, galerías y recintos culturales que hoy forman parte de la memoria colectiva de generaciones enteras.

Nacido en Reynosa el 5 de noviembre de 1946, Artemio encontró desde muy pequeño una conexión natural con el dibujo y la pintura. Lo que para otros podía ser un juego o un pasatiempo, para él terminó convirtiéndose en una necesidad.

“Nunca pensé en la pintura como un pasatiempo; lo hago porque es una necesidad”, comparte.

Esa inquietud comenzó desde la infancia, cuando pasaba horas frente a una hoja en blanco descubriendo que, con un lápiz, podía representar imágenes y construir mundos propios. Con el tiempo entendió que no quería dedicarse a otra cosa.

“Me siento muy afortunado, pues jamás dudé de mi vocación”.

REYNOSA, ORIGEN E INSPIRACIÓN

Aunque pasó parte de su infancia en Camargo, tierra de su madre y sus abuelos, Reynosa siempre ha sido el punto central de su historia. Regresó a la ciudad cuando tenía nueve años y desde entonces ha sido testigo de sus cambios, su crecimiento y la transformación de su paisaje urbano.

Ese vínculo con la región también terminó reflejándose en su trabajo. Para Artemio, existe una necesidad de contar lo bueno de Reynosa y encontrar la identidad visual de una ciudad que, con el paso de los años, ha ido construyendo su propia personalidad.

“Entre más años pasan, más redescubres el valor de pertenecer a este lugar”, comenta.

Esa conexión con la ciudad puede verse en algunas de sus obras más representativas, como los murales Historia de Reynosa, realizado en 1992, y Reynosa Viva, creado en 1998, ambos ubicados dentro de la Presidencia Municipal y considerados parte importante de la memoria visual de la ciudad. A través de ellos, Artemio retrató escenas, símbolos y momentos que forman parte de la identidad de Reynosa.

También destaca El Campesino Universal, una pieza muralística donde refleja el entorno agrícola y las raíces de la región fronteriza, además de distintas exposiciones temporales presentadas en espacios culturales como el Museo Histórico Reynosa y el Museo del Ferrocarril.

Su trayectoria lo ha convertido en uno de los artistas originarios de Reynosa con mayor reconocimiento dentro y fuera de la región. En 2021 recibió la Medalla al Mérito “Luis García de Arellano”, uno de los máximos reconocimientos otorgados en Tamaulipas, y años atrás su obra Prometeo fue elegida como imagen oficial de un sorteo de la Lotería Nacional, llevando parte de su trabajo a nivel nacional.

Como homenaje a su legado artístico, la galería principal del Parque Cultural Reynosa lleva actualmente su nombre, consolidando su lugar como una de las figuras más importantes de la plástica tamaulipeca.

EL TALLER DE SU PADRE Y LOS PRIMEROS RECUERDOS 

Gran parte de su sensibilidad artística nació dentro de casa. Su padre, Don Cristín Guerra Adame, trabajaba en la fragua. El taller estaba en el patio familiar y durante la infancia de Artemio ese espacio lleno de herramientas, metal y fuego se convirtió en parte de su entorno cotidiano.

Con los años, aquellos elementos terminaron apareciendo de manera inconsciente en su estilo artístico.

“Somos producto de nuestro entorno”, dice.

El orgullo que siente por su padre fue tan grande que desde adolescente comenzó a utilizar un yunque en su firma, como una especie de símbolo personal.

También recuerda con cariño a su abuelo, Don Severo Garza Vela, quien guardaba sus dibujos y los presumía con orgullo entre sus amigos cuando él apenas era un niño. Más adelante, su primo Hernán Guerra Garza le construiría su primer caballete utilizando palos de escoba, acercándolo todavía más al mundo de la pintura.

LA VIDRA DETRAS DEL ARTISTA

Durante muchos años, dedicarse al arte no era visto como un trabajo “formal”. Artemio recuerda que en una ocasión un vecino le preguntó a qué se dedicaba. Él respondió que era pintor, pero la persona insistió: “Sí, pero ¿en qué trabaja?”.

La anécdota hoy le provoca risa, aunque también refleja la percepción que existía hacia los artistas en aquella época. Ser pintor no siempre era entendido como una profesión real, especialmente en ciudades donde los caminos tradicionales parecían mucho más seguros o aceptados. Muchas veces, comenta, el artista terminaba convirtiéndose en “la oveja negra” de la familia; ese familiar al que presentaban diciendo: “Es el primo que no estudió y no trabaja”.

Aun así, nunca dejó que esos comentarios lo alejaran de su vocación. Artemio sabía que pintar no era un hobby ni algo temporal, sino una necesidad que lo acompañaba desde niño. Aunque reconoce que hubo momentos de incertidumbre, jamás imaginó una vida lejos del arte.

Antes de dedicarse completamente a la pintura trabajó en PEMEX como dibujante técnico, llevando una rutina muy distinta a la que tiene hoy. En esa etapa usaba ropa de oficina todos los días y mantenía horarios más estructurados, hasta que finalmente tomó la decisión de entregarse de lleno a su trabajo artístico.

Fue entonces cuando comenzó a usar mezclilla para pintar, principalmente por comodidad. La tela resistente, las manchas de pintura y la practicidad terminaron convirtiéndose, sin planearlo, en parte de su imagen cotidiana. Con el tiempo, muchas personas comenzaron a identificarlo también por eso, aunque él siempre lo toma con humor.

“Le decía a mi nieto que solo tenía dos mudas de ropa para que la gente nunca supiera cuánta ropa tenía”, cuenta entre risas.

Más allá de la anécdota, esa sencillez también refleja su forma de ver la vida. Artemio nunca ha construido una figura artística basada en poses o pretensiones. Su atención siempre ha estado puesta en el trabajo, en el taller y en la búsqueda constante de mejorar cada obra que realiza.

ELVITA

Hablar de Artemio también es hablar de Elvita. Su historia aparece constantemente entre recuerdos, anécdotas y momentos importantes de su vida, no solo como artista, sino también como persona.

La conoció cuando ella tenía 14 años y él 15. En ese momento, Artemio ya estudiaba en la Casa de Arte en Cd. Victoria y comenzaba a descubrir con mayor claridad el camino que quería seguir dentro de la pintura. Aun así, recuerda perfectamente el instante en que la vio por primera vez.

“Cuando la conocí, el universo se detuvo”, dice.

Tiempo después comenzaron una relación y hoy están cerca de cumplir 56 años de matrimonio. 

No la describe únicamente como su esposa, sino como su compañera absoluta dentro de una vida dedicada al arte. Artemio reconoce que durante muchos años dedicarse a la pintura no era sencillo, especialmente en una época donde el trabajo artístico muchas veces no era entendido ni tomado con seriedad. Mientras algunas personas lo veían como “el que no estudió y no trabaja”, Elvita fue quien creyó en él incluso en los momentos de duda.

“Ella es mi crítica más feroz, pero también mi defensora y mi escudo contra quienes no entendían mi quehacer”, comparte.

Más allá del apoyo emocional, Artemio recuerda que ella siempre protegió algo muy importante para él: su tiempo para pintar. Mientras él trabajaba, dudaba o se exigía constantemente frente a una obra, Elvita permanecía ahí, impulsándolo a continuar y haciéndole sentir que su trabajo tenía valor.

Incluso hubo momentos en los que él mismo llegaba a cuestionarse si realmente estaba siguiendo su vocación o si, como algunos familiares decían de manera cariñosa, simplemente era un “holgazán”. Sin embargo, la confianza que ella depositó en él terminó convirtiéndose en una motivación constante para seguir adelante y no fallarle.

“Si mi obra llega a trascender, en gran parte se debe a Elvita”, asegura.

Después de más de cinco décadas juntos, sigue hablando de su esposa como una de las personas más importantes de su vida. No solo porque estuvo presente en cada etapa de su carrera, sino porque convirtió esa vocación tan demandante en un camino posible de recorrer.

EL ARTE Y LA HONESTIDAD

Además de su trabajo como artista, Artemio Guerra Garza fue maestro de pintura durante más de 35 años en el taller “José Clemente Orozco”. Más que formar artistas, considera que su labor consistió en motivar a otros a descubrir posibilidades creativas.

Para él, no existen fórmulas mágicas ni secretos absolutos en el arte. La inspiración, dice, nace de esa necesidad constante de crear y de la inquietud que aparece frente a un lienzo en blanco.

Incluso hablando sobre herramientas digitales, mantiene una postura clara: la tecnología puede ser útil, pero el arte siempre dependerá del creador y no de la herramienta.

A sus 79 años, sigue viendo cada obra como un reto personal. No busca pintar “bonito”; busca pintar bien.

Y aunque asegura que todavía no alcanza por completo ese ideal, también sabe algo con certeza: ha sido honesto con su trabajo desde el primer día.

Más allá de premios, reconocimientos o exposiciones, Artemio Guerra Garza quiere ser recordado como alguien que encontró en la pintura una forma de comunicarse con los demás. Un artista profundamente orgulloso de sus raíces, de Reynosa y de la región que lo vio crecer.

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