Son las 5:00 de la mañana y él despierta apresurado. Tiene 58 años y vive solo. Debe estar entrando a la planta a las 8:00 y viaja en camión y metro alrededor de dos horas para llegar a tiempo. “Muy temprano en la mañana el estómago no me deja meterle nada, así que espero y aprovecho mi transbordo para darle algo de gasolina al cuerpo. Aquí me verá siempre a esta hora”, me decía José Manuel, un hombre que conocí por casualidad en una tienda de conveniencia. Lo observé sentado comiendo en la barra y le pregunté: “¿qué hace ahí tan temprano y qué desayunaba?”. Me dijo: “Lo de siempre y que no me falla es mi café y mis donas, aunque le confieso que a veces le cambio. Hay días que se me antojan más las galletas y otros pastelitos y los refrescos”. “Y usted ¿por qué no come?”, me preguntó. Le sonreí y le dije: “estoy observando por curiosidad los hábitos alimenticios de la gente”. “Pues mire le voy a contar una historia que creo que le va a interesar. Yo soy de rancho y en esa época cuando era joven mis padres tenían unas parcelitas y sembrábamos. Eramos pobres, pero comida buena no nos faltaba. Mis padres y abuelos eran fuertes y todavía cuento con la fortuna de tener a mi mamacita. Pero yo decidí venirme a la ciudad, dejé el aire fresco y mis momentos de tranquilidad para buscar una vida un poco diferente. Mi sueño era tener una familia, una casa y hacerlos feliz, pero nada de eso fue así. Me vine con ganas de estudiar y no lo pude hacer. Trabajé siempre para poder pagarme mis estudios, pero fui padre a muy temprana edad. Le di la vida a la empresa, después de 20 años, me quedé sin trabajo y sin nada. Ahora trabajo en otra empresa en donde gano y sobrevivo. Mi mujer me dejó y no veo a mis hijos”, platicó. Mientras escuchaba el triste monólogo, veía cómo la fila de la caja registradora estaba atascada de gente comprando su desayuno: café, donas, pastelillos, galletas y refrescos. Durante la conversación alrededor de 50 personas con uniforme repetían la misma escena frente a mis ojos. Sus caras eran largas y su piel gris, su semblante reflejaba la monotonía de las mañanas de nuestra ciudad en cualquier esquina. Me parece irónico que nos reconozcan como una ciudad cosmopolita, pero a la vez somos la ciudad más contaminada de Latinoamérica. Nuestra gente necesita calidad y educación básica para entender que el alimentarse mal mata lentamente. Pero entonces, ¿qué pasa con las empresas? El rendimiento de una persona de alguna forma se afecta. ¿Por qué no hacen nada al respecto? He escuchado de algunas grandes empresas que están haciendo esfuerzos interesantes para brindar espacios de esparcimiento, ejercicio y educación alimentaria a sus empleados implementando programas en sus cafeterías para que las comidas sean de calidad y convenientes, pero en general todavía falta mucha conciencia al respecto. Considero que esto es un derecho de cualquier ciudadano: el acceso a la buena comida que nutre. ¿Qué podemos hacer? Hay mucha tarea por realizar, pero creo que empezar por casa es prioritario.
También es necesario exigir a nuestros gobiernos y empresarios para ofrecer alimentos saludables por la salud de los mexicanos.
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