ÑAM ÑAM
por CYNTHIA ROBLES WELCH
Diciembre es un mes de fiestas y la comida abunda por todos lados. Las endorfinas, la caseína y la serotonina provocan estados de bienestar y nos motivan a ser presa de la comida.
Los invito a empezar esta lectura con un ejercicio: cierra los ojos y piensa en un antojo, concéntrate en disfrutar la sensación que te causa tan sólo con imaginarlo. No te sientas culpable por lo que aparezca en tu imagen mental. Lo importante es que te observes.
Los antojos, mmmm… Sobre todo en esta época de fiestas lo primero que se te viene a la mente es tu pastel favorito, el pan de elote que hace la tía o la pasta con crema de tu mamá, todo lo que no acostumbras comer en el transcurso del año. Lo que apeteces son los carbohidratos, azúcares, chocolates y alimentos salados.
Generalmente, la respuesta es: “por hambre”. Sin embargo, dista mucho de ser la causa, relacionada principalmente por motivos biológicos y componentes psicológicos.
Esta es la explicación en base a estudios de los promotores de la salud Kriss Carr y Joseph Mercola:
1. “Me veo sentada en la posada, nostálgica por la época navideña, mientras el frío te ayuda a sentir más melancolía. Frente a mí una mesita llena de chocolates, papitas y otras comidas chatarra así que no pude resistir la tentación y mientras los demás platicaban yo como sin parar”. El resultado es un incremento de endorfinas en el cuerpo, producidas para relajarnos. Normalmente se crean durante el sueño o al ejercitarnos así que en el ritual de comida lo que buscamos es bienestar. En un estudio reciente se encontró que el consumo de azúcar resultó más gratificante que la cocaína.
2. “Tengo la mala costumbre de esconder chocolates y pastelitos en diferentes rincones de mi casa, en los cajones que están cerca de mi cama y frente a la televisión, listos para cuando voy a desconectarme del mundo, me dan mucha alegría; ajá”.
En este caso es probable que se trate de la serotonina, un neurotransmisor de bienestar producido por el tracto intestinal y del que se dice tiene una fuerte influencia en el estado de ánimo, apetito y digestión. Comer carbohidratos y azúcares aumenta la secreción de esta sustancia haciéndonos sentir increíblemente, pero de manera temporal.
Los niveles bajos de serotonina pueden deberse a varios motivos: un intestino enfermo, consumo de alcohol, sentimientos de depresión, ansiedad y desórdenes obsesivos compulsivos.
3. “Me declaro adicta al queso, sobre todo a los fuertes, me encantan, no puedo dejar de pensar en ellos”. Este caso está relacionado con las casomorfinas, las cuales resultan de la digestión de la caseína encontrada en el queso, y es por eso que a muchos nos cuesta dejarlo al igual que a los lácteos. No se ha abundado en su estudio, pero nos causa también una sensación de felicidad.
4. “Después de estar una semana en el hospital por una fuerte infección estomacal, los doctores me dijeron que tendría que tomar probióticos, pero no les hice caso, y ahora me siento débil y con antojos”.
El epicentro de la producción de serotonina son nuestros intestinos, si no están en optimas condiciones, las cosas no van bien. Los intestinos
necesitan estar en muy buen estado para poder absorber los nutrientes de los alimentos y secretar las cantidades necesarias de serotonina. Mantener el balance de nuestras bacterias y de enzimas, nos ayudará, de lo contrario surgen los antojos.
Una buena recomendación es comer alimentos fermentados, tomar probióticos, cambiar hábitos alimenticios y evitar productos procesados.
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