
Quizá una de las cosas más difíciles para los adultos sea recordar que los niños no necesitan tener prisa por crecer. Necesitan jugar, explorar, equivocarse, sentir y descubrir el mundo a su manera. Esa convicción ha acompañado a Avelina Escobar desde sus primeros acercamientos a la infancia y hoy forma parte de la manera en la que entiende la educación temprana, la crianza y el papel que todos tenemos al acompañar a un niño.
Para Avelina, esta forma de entender la infancia no nació únicamente de su experiencia profesional. Está ligada a una historia que comenzó mucho antes de Gymboree, cuando siendo niña acompañaba a su familia en actividades relacionadas con la educación y descubría, casi sin darse cuenta, el vínculo que podía crear con los más pequeños.
UNA NIÑA QUE SIEMPRE QUISO CUIDAR
Avelina recuerda su infancia como una etapa llena de emociones. Era conocida como “Sonrisitas” por su manera de reír, hablaba mucho y disfrutaba especialmente su papel como hermana mayor. Los números, las lecturas y las historias no siempre fueron sencillos para ella, pero reconoce que aquella niña sigue presente en muchos aspectos de su personalidad.
Desde pequeña también estuvo cerca de los niños. Su familia se dedicó durante años a la educación y la enviaba a campamentos para ayudar a las maestras. Ahí descubrió que disfrutaba cuidarlos, alimentarlos y acompañarlos.
Uno de esos recuerdos tiene nombre propio: Iker, el primer niño con quien sintió un vínculo especialmente cercano.
Más que una experiencia aislada, aquellos momentos comenzaron a mostrarle que había algo en la infancia que le resultaba profundamente natural. Con el tiempo entendió que parte de su vocación estaba precisamente en esa capacidad de acercarse a los niños desde un lugar genuino, sin prejuicios ni condiciones.
CUANDO APRENDER TAMBIÉN SIGNIFICA JUGAR
En 2020, después de graduarse, Avelina comenzó como coordinadora en Gymboree. Poco después llegó uno de los mayores retos de su trayectoria: la pandemia.
La experiencia la llevó a reinventar un negocio y a comprender de manera mucho más directa el impacto que pueden tener las decisiones de quienes están al frente de un proyecto. También despertó en ella el deseo de seguir creciendo.
Pero si hay algo que su experiencia con los niños le ha enseñado, es que la educación temprana no puede reducirse a preparar a un pequeño para la escuela.
Para Avelina, los primeros años son el momento en el que comienzan a construirse bases relacionadas con la confianza, la autonomía, el amor y la manera de relacionarse con los demás. Los niños aprenden explorando, jugando y equivocándose, mientras necesitan adultos que sepan guiarlos sin convertir cada experiencia en una imposición.
“Los niños son niños”, dice. Y en esa frase encuentra una de las ideas que más defiende: permitirles vivir su infancia.
LOS ADULTOS TAMBIÉN ESTÁN APRENDIENDO
Hablar de educación temprana inevitablemente lleva a hablar de quienes acompañan a los niños todos los días.
Avelina considera que el papel de los padres es indispensable, no solamente por lo que enseñan de manera directa, sino por todo aquello que los pequeños observan, interpretan e imitan.
Uno de los temas que más le preocupa es el miedo de los adultos. La sobreprotección, explica, puede terminar generando inseguridad, mientras que las reacciones desproporcionadas ante los conflictos cotidianos pueden transmitir a los niños un nivel de estrés que no corresponde a la situación.
Por eso propone algo que puede resultar difícil: mirar ciertos momentos desde los ojos del niño.
No se trata de ignorar los errores o permitir cualquier comportamiento, sino de acompañar las emociones y enseñar a manejarlas en lugar de intentar eliminarlas.
SENTIR TAMBIÉN ES PARTE DE CRECER
Para Avelina, la inteligencia emocional debería ocupar un lugar mucho más importante dentro de la crianza.
Vivimos, señala, buscando constantemente la felicidad y tratando de evitar emociones como la tristeza, el enojo o la frustración. Y esa misma expectativa puede trasladarse a los hijos, cuando los adultos intentan impedir que experimenten cualquier emoción que resulte incómoda.
Su visión es diferente: las emociones forman parte de la experiencia humana y los niños necesitan aprender a reconocerlas y manejarlas, no a reprimirlas.
La tristeza, el enojo, la alegría y el miedo cumplen una función. El trabajo de los adultos no consiste en evitar que aparezcan, sino en acompañar a los pequeños mientras aprenden qué hacer con aquello que sienten.
45 MINUTOS QUE PUEDEN CAMBIAR UN DÍA
Después de tantos años acompañando a niños y familias en Reynosa, Avelina ha descubierto que el impacto de su trabajo también se encuentra en momentos que podrían parecer pequeños.
Uno de los que más recuerda es ver a las mamás llegar a Gymboree con la oportunidad de hacer una pausa dentro de sus días para disfrutar a sus bebés: acompañarlos mientras superan distintos retos, motivarlos, jugar con ellos y observar de cerca sus avances.
Al mismo tiempo, ese espacio se ha convertido en un punto de encuentro donde muchas madres han construido lazos de amistad al compartir una etapa similar de sus vidas.
Para Avelina, saber que tantas familias han podido regalarse ese momento de conexión tiene un significado profundo: “Me llena los ojos de lágrimas el hecho de pensar en que muchas familias han tenido la oportunidad de poner una pausa de 45 minutos en su largo y cargado día para disfrutar de los avances de su bebé.”
Más que una clase, para ella representa una oportunidad de detenerse, mirar a los pequeños y estar verdaderamente presentes mientras crecen.
EL TIEMPO PASA DEMASIADO RÁPIDO
Si pudiera hablar con una familia que está comenzando esta etapa, Avelina no hablaría de perfección.
Les diría que los primeros años pasan rápido. Que vale la pena respirar, disfrutar al bebé y trabajar también en los propios miedos para no transmitirlos a los hijos.
Corregir cuando sea necesario, guiar las emociones, acompañar los momentos y disfrutar el crecimiento.
Su mensaje tiene algo de sencillo y, precisamente por eso, resulta poderoso: no buscar un hijo perfecto, sino estar presente mientras aprende a convertirse en quien es.
El futuro que Avelina imagina comienza también por cambiar la manera en que los adultos entendemos la educación.
Le gustaría ver maestras con métodos menos tradicionales y más atentos a las necesidades reales de cada niño. Familias que jueguen más con sus hijos. Padres que disfruten genuinamente sus avances y que sean intencionales en la construcción de habilidades como la empatía, la seguridad y la resiliencia.
Porque al final, su visión no se limita a lo que sucede dentro de un espacio educativo.
Tiene que ver con la sociedad que estamos construyendo a partir de los niños que hoy están aprendiendo a relacionarse con el mundo.
Y quizá por eso su mayor deseo pueda resumirse en una frase tan sencilla como la que ha guiado buena parte de nuestra conversación: dejarlos ser niños.




