EL ETERNO VIAJE DE YAYOI KUSAMA

Fotografía cedida por Ota Fine Arts donde aparece la japonesa Yayoi Kusama mientras posa frente a su obra “Pumpkin” (Calabaza) que formará parte de la muestra “KUSAMA: Cosmic Nature” que estará instalada por las más de 100 hectáreas del Jardín Botánico de Nueva York (EE.UU.). EFE/Ota Fine Arts

Yayoi Kusama convirtió su particular manera de ver el mundo en un lenguaje visual universal. Nacida en 1929 en Matsumoto, Japón, convivió desde la infancia con alucinaciones y visiones que llenaban su entorno de patrones repetidos, lunares y formas en expansión ilimitada. Lo que para muchos habría significado una barrera infranqueable, para ella se transformó en el origen de una creatividad volcánica que redefiniría el arte contemporáneo.

En la década de los cincuenta decidió dejar su país natal para trasladarse a Estados Unidos. Tras un breve paso por Seattle, se estableció en Nueva York, insertándose en un entorno artístico vibrante y altamente competitivo. Kusama no tardó en destacar, sus esculturas blandas y sus disruptivas performances públicas sobresalieron por su intensidad y por desafiar las normas de la época. Aunque su obra dialogó de cerca con el pop art y el minimalismo, jamás se dejó encasillar, manteniendo una identidad inconfundible guiada por su mundo interior.

En 1977 tomó la decisión de internarse voluntariamente en un hospital psiquiátrico en Tokio. Lejos de significar un retiro, esta elección inauguró una de sus etapas productivas más prolíficas. Desde un taller ubicado a pocos metros del hospital, Kusama trabajó con una disciplina inquebrantable. Fue ahí donde nacieron algunas de sus creaciones más icónicas: las Infinity Mirror Rooms, sus monumentales calabazas a lunares y las complejas instalaciones que hoy abarrotan los museos más importantes del mundo. Su propuesta logró construir un puente único entre lo íntimo y lo inmenso, entre la fragilidad humana y la fuerza del arte.

Durante décadas, Kusama mantuvo una presencia activa y global. Su estética fundada en la repetición, la acumulación y la pérdida del yo conectó con audiencias de todas las generaciones, convirtiendo sus exposiciones en verdaderos fenómenos de masas y fijando su figura como un símbolo de perseverancia. Fiel a su vocación multidisciplinaria, pintó y creó hasta sus últimos días, abarcando las artes plásticas, el performance, la narrativa y la poesía.

Kusama falleció en Tokio el pasado 14 de agosto de 2026 a los 97 años, una noticia que su estudio hizo pública dos semanas después, el 27 de agosto. El anuncio dio la vuelta al mundo con la misma velocidad con la que sus emblemáticos lunares conquistaron galerías y espacios públicos. Su partida deja una pausa en la escena artística mundial, pero su legado permanece intacto. Yayoi Kusama demostró que la obsesión puede mutar en belleza, que el universo entero cabe en una habitación de espejos y que el arte es, ante todo, un refugio inquebrantable.

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