
Cuando perdemos a una persona muy especial y querida, pasamos por un proceso adaptativo conocido como duelo, en el que se desencadenan muchos sentimientos y cambios emocionales que nos ayudan a afrontar esa nueva realidad. Esto mismo pasa también cuando perdemos a una “mascota”.
Muchos tenemos a uno o más compañeros peludos en nuestro hogar, por quienes sentimos un aprecio que puede equipararse al que sentimos por una persona. Cuando el tiempo de vida de ese noble ser llega a su fin, muchos habremos recibido en alguna ocasión intentos de consolación tales como: “olvídalo, es solo un animal”, “solo cómprate otro” o “¿tanto estás llorando por un animal? Cuando muera, a ver si así me lloras a mí”. Lamentablemente, existe este estigma social que minimiza los sentimientos que nos ocasiona haber perdido no a una mascota, sino a un compañero.
La realidad es que solo nosotros mismos somos capaces de comprender la importancia y el lazo que nos unía; pero también es muy sano poder platicar de estos sentimientos con personas en quienes confiemos, incluso con un profesional de la salud si lo sentimos necesario. Buscar espacios de reflexión en los que podamos darnos un tiempo para rememorar esos momentos alegres con él, escribir un diario, escribirle una carta agradeciéndole por acompañarnos, hacernos reír o cuidarnos y, por qué no, hacerle una despedida digna de un ser tan bueno.
Es importante que nos permitamos sentir estas emociones sin juzgarnos y crear hábitos que nos permitan seguir activos y felices, como a él le habría gustado vernos.
Si aún está con ustedes ese peludo especial, les dejo este consejo: vivan y disfruten ahora que lo tienen a su lado. Cuando se sientan alegres, rían a carcajadas sin que nada les impida disfrutar el momento. Cuando llegue el momento de decir adiós, busquen un lugar especial y tranquilo, derramen todas las lágrimas que necesiten, aprendan y sigan adelante, recordando que no fue solo “una mascota”, fue un gran compañero.

